descarga

Cada vez se escribe peor, se quejan de continuo algunos profesores y gentes con cultura. Se le echa mucha culpa al sistema educativo, sin reconocerle el mérito de haber logrado que cada vez se escriba más: triste elitismo. Por otra parte, esta extendida decadencia de la prosa de cada uno no me parece que esté anulando la conciencia de la buena escritura: por ejemplo, cada vez se componen también más manuales de redacción y centros de consulta para el buen decir. Creo más bien que la responsabilidad de la escritura correcta y elegante se está desplazando a otros sujetos. Estaríamos volviendo a una relación con el texto similar a la de los primeros siglos de la imprenta, sobre la que nos ilustra Francisco Rico en su prólogo al Quijote (Santillana, 2011, pp. 1175-1176):
Cuando menos hasta el siglo XVIII, en España como en el resto de Europa, la grafía y la puntuación de un libro eran incumbencia del impresor, no del autor, y para la mayoría de los escritores ambas toleraban tanta variación como podía (o puede hoy) haberla entre los múltiples dibujos individuales de una misma letra del alfabeto, sin más limitación que la inteligibilidad. La ortografía era tan libre como la caligrafía (…) Los hábitos gráficos de Cervantes en particular eran tan flexibles (o laxos), que no le impedían escribir unas veces tuue y otras tube, o bien e y he (de haber), ansiassi y asi (…) Por otro lado, en los autógrafos suyos analizados por Miguel Romera Navarro no hay “ni un solo caso de coma, de punto y coma, de dos puntos… ni el acento, las diéresis o el guion en la división de una palabra al fin del renglón”; el punto no aparece más que ocho veces: “en dos lugares donde correspondía coma” y en otros seis “acaso como adorno”.
En cualquier caso, nuestro novelista no solo no contaba con que el impresor conservara esos volubles hábitos, sino que esperaba y quería que los adaptara a unas convenciones diversas, las que a él, el impresor, le eran propias, pero que un escritor no tenía por qué observar (…) al escritor le daba igual auer que haver, y la alternativa en sí misma se le antojaba cosa de editores.
Con estos precedentes, no es que me quede más contento, pero me pregunto si no debería resignarme ante lo que tal vez sea un orden más ‘natural’: que el conocimiento correcto de la gramática y la ortografía, más el adecuado de la retórica, se vayan transformando en un lenguaje especializado, progresivamente entendidos de ese modo. Lo cual, en el mejor de los casos, debería requerir cada vez un mayor número de correctores de estilo en todas las instituciones, cosa que no parece que se vaya verificando tanto como sería de desear.
Otra consecuencia en la que prefiero no adentrarme es que en cada uno de esos alumnos míos que se tropiezan lastimosamente con los puntos, las comas, los gerundios y largo etcétera, podría haber todo un Cervantes, una gloria para la cultura occidental aunque ojalá que no a costa de llevar una vida más versada en desdichas que en versos.